En un pequeño callejón en MontPellier – Francia, se movía tras un basurero una cinta color sandía, era rítmica como el viento. Me causó curiosidad y me acerqué a medida que los gatos abrían camino a su valioso tesoro.
Caminé un par de pasos y encontré restos de cinta tirados en el suelo. De vuelas a primeras pensé que era el juguete predilecto de estos gatos callejeros. Yo, con mis harapos, hubiese dado lo que tenía para decorar mi desordenado cabello con ella.
La cinta podía ser más larga de lo que imaginaba entonces abrí el basurero para sacarla, pues sólo se asomaba un pedazo, y encontré a Alicia, una niña de 9 años que dormía ahí dentro y de su cola salía éste pedazo de seda.
Los ojos de la niña me cautivaron. La tomé en mis brazos, y no robé su cinta… sino la dejé puesta.
Ella extendió sus brazos hacia mí y observé cómo sus manos se llenaron de polvo de oro que caía del cielo. Sus ojos gatunos reflejaban el brillo de sus manos y reflejaba en los míos la magnificencia del momento.

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