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jueves, 2 de diciembre de 2010

La niña vagabunda

Sentía todo demasiado real. Hace muchos días, más bien diría, unas tres semanas, he estado con esta misma sensación, con un vacío en mi vida y en mi corazón. Esto me tiene incómoda.
Hace dos semanas vino una niña a pedirme ayuda.
Era pequeña, morena y estaba sucia. Se veía muy frágil y descuidada, así como si nadie la quisiera, casi como un perro tirado en la calle.
Me dijo que se llamaba Carla, le pregunté de donde venía y me decía que no podía decirme, que me quedara tranquila sólo con su presencia pero que necesitaba comida.
Fui a la cocina y le hice algo para que se alimentara. La niña comía como si nunca en su corta vida hubiese comido algo, me impresioné bastante y me dolió, tanto como si yo lo estuviera viviendo.
Luego de comer la niña dice que se tiene que ir, pero que me agradece con toda su alma el haber podido ayudarla, que nunca se olvidará de mí. Lo más importante es que me dijo que nunca me pusiera triste por cosas tan básicas, que la vida es para disfrutarla no para estar mal y revolviéndose la cabeza con cosas que no valen la pena. Que una niña tan pequeña y casi vagabunda me dijera aquella cosa, marcó mi corazón.
Ayer, después de haber vivido esto tan extraño. Me senté afuera de la casa a mirar a la gente que pasaba. En un momento empiezo a mirar mis zapatos, alzo la vista y ahí estaba, Carla, la niña pequeña, morena, sucia y frágil. Era una persona que en mi vida jamás la había visto, y claramente sentía que jamás la iba a volver a ver.
Pasó todo lo que tenía que pasar. Paso por paso, momento por momento, palabra por palabra.
Cuando la pequeña Carla se despidió de mí, empieza a caminar tranquilamente, llega a la esquina, solo mira hacia su lado izquierdo y no se percata de su lado derecho. Claro… Y así fue, jamás en mi vida la iba a volver a ver, ahora con justo motivo. Carla se fue.

Loreto López Mayne

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