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lunes, 22 de noviembre de 2010

Al caer el Alba

Después de pasar el último tren por la estación 54, Alba tomó su cartera, secó sus lágrimas y traspaso la valla que se encontraba al límite de la vía. Comenzó a caminar por la oscura noche acompañada tan solo de lo poco que llevaba entre sus manos.
La soledad inundaba su cuerpo en ese momento, después de no haberle encontrado un sentido a todo lo que hacía como si el mundo se le viniera encima y tras un intento fallido de suicidio, su vida seguía sin ningún rumbo. La fría y más negra noche que se le presentaba tras sus ojos hacían que el abismo en el cual se encontraba fuese mucho más grande aún.
Alba caminó sin rumbo toda la noche. En su mente, sólo pasaba la pena y la desdicha que estos 30 años habían pasado por su vida. No tenía nada, ni familia, ni amigos, ni un amor por el cual si quiera pudiera luchar, ya nada tenía sentido y como si fuera poco ni la misma vida se quería deshacer de ella.
Se preguntaba lo mismo todos los días, si sus esfuerzos alguna vez serían recompensados, si la vida seguiría siendo tan dura con ella o por qué todo parecía gris y sin sentido. Ya no creía. Nada en ese momento la podía hacer cambiar de pensamiento o darle un nuevo impulso y rumbo a la desventura que había construido en su interior.
Al amanecer, Alba se encontró frente a la puerta de una antigua casa deteriorada por el tiempo, sin pensarlo tocó la puerta y una mujer de pequeña estatura, diminutos ojos azules y el claro paso del tiempo que no ocultaba en su cuerpo, la miró extrañada. Luego le preguntó ¿Te puedo ayudar en algo? Alba, la miro aún más extrañada, ni ella sabía que era lo que quería. Trató que de su boca salieran algunas torpes palabras para poder responderle a aquella mujer que cada vez cerraba la puerta tras la nula respuesta que no se quería asomar entre sus labios. La mujer volvió a preguntarle si necesitaba algo, y Alba esta vez y con mucha fuerza  le respondió que si sabía de un lugar en el cual podría pasar algunas noches. La anciana, le abrió la puerta y le dijo que  no tenía mucho para ofrecerle, si un lugar para que se  quedara, ya que sabía que todos los sitios de hospedaje en el pueblo ya estaban ocupados.
La casa, parecía tener un aspecto bastante tétrico y oscuro, había muchas fotos y recuerdos como si alguna vez ahí hubiese existido una gran familia. El lugar parecía bastante grande para que sólo una mujer habitara allí, el polvo parecía su mejor compañía y la soledad su mayor enemigo. Alba caminó despacio tras la mujer, como si en su mente grabara cada paso que daba ella. La acompañó hasta una pequeña y fría pieza que se encontraba oculta bajo una inmensa escalera, la anciana la miró y deslizó entre sus manos una vela encendida, ya que por el momento se encontraban sin luz en todo el pueblo.
La joven, tomó la vela y entró en la pequeña habitación que había sido designada para que pasara algunos días, ni ella sabía lo que verdaderamente hacía, miraba alrededor y sólo veía un lugar tan desconocido que hasta ella misma se sorprendía de lo que hacía. Por eso se tendió sobre la cama y dejó su mente en blanco.
A la mañana siguiente Alba se levantó, salió de la pieza y comenzó a recorrer la antigua casa donde aparentemente la anciana no se encontraba. Caminó y entró a una antigua sala llena de muebles viejos, casi por instinto se paró frente a un cuadro, lo miró un poco extrañada ya que todo lo que había allí le parecía familiar, se quedó paralizada observándolo, como si el mundo se hubiese detenido por un segundo,  casi como un trance reconoció cada detalle y espacio sin saber por qué y sin nunca haber estado allí.
Luego de haber pasado mirando el cuadro que le trajo más de algún recuerdo en su vida, apareció repentinamente la anciana y le preguntó que estaba haciendo, Alba la miró atemoriza y le respondió que sólo estaba conociendo la casa, la anciana la volvió a observar y esta vez con una fuerte voz le preguntó qué estaba haciendo exactamente en el pueblo. Alba la miró y tras unos segundo le contó que hace tiempo su vida no marchaba de la forma que quería, más bien, las cosas eran como el resto quería, que buscaba cambiar su destino, salir y quizás encontrar su rumbo. En ese momento los ojos de Alba se llenaron de lágrimas y congoja, su corazón se apretaba cada vez más, la anciana la miró, dejó que Alba se tranquilizara y le dijo, el tiempo será tu peor y mayor enemigo, pronto encontrarás tu rumbo, estarás destinada a que las cosas sean de la forma en la cual las estaba viviendo pero recuerda que siempre encontrarás una luz en medio de todo, te lo digo yo, un yo convertido en tú, porque el cuadro el cual mirabas con tanta atención será tu futuro.


María José Serra

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