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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Último campamento de verano

Muy temprano, algunos despertamos sin saber la hora.
A las 8:30 de la mañana salía el tren a Talca con toda la Tropa Scout.
Fernando gritó -¡Son diez para las ocho, tenemos que partir ya!
José le respondió -Pero si Rodrigo aún no se levanta.
Fui a su pieza y lo encontré buscando ropa para echar a su mochila.
Al entrar le dije -Vamos apúrate.
Rodrigo muy urgido me respondió -Es que no encuentro mis calcetines.
La sensación de ir de mal en peor, se ajustaba a la perfección. Era evidente que perderíamos el tren, con él la confianza de nuestros jefes de Tropa, pero peor aún la de nuestros compañeros de patrulla.
Después de constatar la salida del tren con toda la tropa desde Estación Central, nos dirigimos al terminal de buses más cercano. Lamentablemente, entre los siete no logramos reunir lo que necesitábamos para llegar a Talca.
Nuestra desolación se reflejaba nítidamente en nuestros rostros y en las posturas corporales que adoptábamos. Tendríamos que volver a nuestras casas sin otra explicación que el habernos quedado dormidos ¡Qué vergüenza!
Nos mirábamos a las caras buscando algún milagro, cuando se nos acerco una joven de poco más de veinte años que le preguntó a Rodrigo.

-¿Necesitan llegar a Talca?
-Si – contestó él – pero nos falta dinero.
-No se preocupen. Acompáñenme.

La seguimos sin pensarlo, con nuestras mochilas al hombro, a un galpón detrás del Terminal. Al entrar, la joven caminó delante nuestro hasta detenerse al centro del lugar. Giró y nos dijo que existía una forma de transporte diferente.
Nos quedamos mirándola y pensando en que todo debía ser una broma o un engaño, pero nunca se nos pasó por la mente lo que estaba a punto de ocurrir.
-¿Qué es?- le preguntó Francisco.
Sonriendo sacó un objeto grisáceo de su bolsillo, del tamaño de una pieza de dominó de forma curva.
Sin darnos tiempo a observarlo bien, tomó con su otra mano uno de los costados del objeto estirándolo hasta que sus brazos se abrieron completamente. Sin soltar uno de sus extremos volvió a tomarlo desde el medio, estirándolo y doblándolo hasta formar una “U” invertida de unos dos metros de alto que puso sobre el suelo. Parecía plasticina por la manera en que lo manipuló, pero su casi inmediata rigidez, la rectitud de su forma y la perfección de sus ángulos lo convertían en algo muy especial.
La joven finalmente nos pregunta -¿Dónde necesitan ir exactamente?
-Al campamento de nuestra Tropa, cerca de Talca- espeté sin pensarlo.
Ella me miró profundamente, y nos invitó a pasar por este umbral.
Fue increíble, y esto lo he constatado con todos los demás.
Rodrigo fue el primero. Lo vimos traspasar el umbral sin que nada cambiase, pero cuando nos tocó al resto de nosotros nos dimos cuenta de que estábamos viviendo una experiencia única.
Lo primero que sentimos fue una luz intensa y una ola de calor cayó sobre nuestras cabezas hasta cubrirnos completamente. Pensé que realmente habíamos viajado cientos de kilómetros al Maule, pero a medida que los ojos se iban acostumbrando a la luz del sol, me di cuenta que estábamos en la calle casi al frente del terminal de buses de Santiago.
Ese día volvimos a nuestras casas sin importarnos los retos.
No se si sufrimos una alucinación colectiva o si el experimento falló, después de casi treinta años, lo único que recuerdo nítidamente cuando lo pienso, es su mirada.


Ricardo Quappe

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