En un pequeño callejón en MontPellier – Francia, se movía tras un basurero una cinta color sandía, era rítmica como el viento. Me causó curiosidad y me acerqué a medida que los gatos abrían camino a su valioso tesoro.
Caminé un par de pasos y encontré restos de cinta tirados en el suelo. De buenas a primeras pensé que era el juguete predilecto de estos gatos callejeros. Yo, con mis harapos, hubiese dado lo que tenía para decorar mi desordenado cabello con ella.
La cinta podría ser más larga de lo que imaginaba, entonces abrí el basurero para sacarla, pues sólo se asomaba un pedazo, y encontré a Alicia, una niña de 9 años que dormía ahí dentro y de su cola salía éste pedazo de seda.
Ella extendió sus brazos hacia mí y observé cómo sus manos se llenaron de polvo de oro que caía del cielo. Sus ojos gatunos reflejaban el brillo de sus manos y reflejaba en los míos la magnificencia del momento.
Los ojos de la niña me cautivaron. La tomé en mis brazos, no robé su cinta… sino la dejé puesta.
La miré un par de minutos, tal vez más… no podría cuantificar el tiempo que se detuvo el movimiento de mi cuerpo y en estado vegetal observé la maravilla del paisaje.
Por primera vez en años tomaba un cuerpo humano, si se puede decir humano, y no era repudiada por mi olor molesto y mi pelo piojento.
Vi mi infancia dentro de un basural, claro que sin esa hermosa cinta que la hacía lucir princesa aún en medio de gatos maullantes.
Me pasé sus manos por la cara para maquillarme con ese brillo incesante que era derramado sobre ella de no sé donde, caminamos un par de cuadras hasta otro basurero pequeño, tomé la tapa del mismo y lo usé como espejo para ver mi nuevo look, giré la tapa y vi, entre manchas de oxidación del metal que mi rostro era como el de la niña… tan pero tan parecido que hubiese jurado estar conmigo misma en brazos cuando tenía 9 años.
Camila Trombert


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